Sunday, June 18, 2006

Saturday, June 17, 2006

El Secretario

Entro por la puerta don Ignacio, cliente habitual que siempre llegaba el fin de semana con alguna nueva chica, al sentarse sé cachetoneaba con los garzones de su nueva conquista, mientras la mujer se pegaba una peinada en el baño.

- Esta semana los deje loco, ha... ha. Expresaba con orgullo mirando a Moraga el garza que siempre lo atendía.

- Si señor lo felicito, va querer lo de siempre o algo nuevo. Expreso Moraga que tenía una nariz singular, parecida a la de un tucán.

- Lo de siempre, pero necesito que me hagas un servicio adicional. Adelanto don Ignacio con pillería.

- Lo que usted ordene señor. Respondió amablemente dejando la copa de Jerez del Tio Pepe en la mesa.

El ayudante llego con el pan recalentado del horno y la mujer le contesto con una mirada amable. El salón comenzó a llenarse y los pies de los garzas se movían al ritmo de Gipsy Kings. Salían y entraban los ayudantes con las bandejas llenas, incluso muchas veces sostenían la bandeja con una mano y con la otra uno o dos platos.

Llego la paella a la mesa y el garza no perdió el protocolo para servirla, sosteniendo dos cucharas en cada mano repartía en forma equitativa el arroz azafranado, los mariscos y la carne, adornando el plato como una bella composición artística.

Don Ignacio comía con extrema paciencia y no perdía momento alguno de regalarle una sonrisa a la bella acompañante. La mujer de varios años menor disfrutaba de su plato en silencio y movía su cuerpo con las tonadas del local vasco.

En un momento el salón estaba bajo control y entre los garzones se aventuraron ha iniciar su típica apuesta.

- Yo apuesto a que la mina dura menos de una semana. Canto Luis el garza más pequeño, que era conocido como pata de cumbia por cojear producto de una lesión sufrida en un partido amistoso de fútbol.

-¡ Dos semanas!! Enfatizo Roberto mientras esperaba que salieran unos expreso del bar.

Los interrumpió una vieja paltona que levanto la mano para pedir postre, mientras que Don Ignacio se paro para ir al baño y en el camino atajo a Moraga.

- Oye necesito que vayas para la casa a buscar una carpeta que esta en mi escritorio, yo le diré a mi mujer que voy a estar trabajando hasta tarde y que tu vas para allá, así no sospechara de nada.

- Como no señor, eso si creo que vamos a salir tarde hoy. Explicó Moraga.

- Mejor, porque así se verá más real. Puntualizó don Ignacio.

Moraga siempre le había ayudado a encubrir las aventuras a su cliente, tanto que sé hacia pasar por el secretario personal de él, la mujer lo conocía de hace más de un año y era de plena confianza. Ya era la quinta vez que hacían la rutina de la carpeta y doña Luisa no sospechaba nada.

Los ayudantes terminaron de repasar las copas y salieron a fumarse un pucho, esperando que la última mesa se fuera. Moraga como jefe de salón comenzó a repartir la propina a pedido del administrador que estaba en la caja listo para irse. Era las una y media de la mañana bastante temprano para “El Caserio”, local que siempre se quedaba pegado hasta las dos por ser el único que cerraba su cocina hasta tan tarde.

Se apagaron las luces y todos se despedían mientras Moraga recibe un llamado.

- Oye tengo todo listo ya llame a la Lucia. Manifestó don Ignacio con entusiasmo.

- Voy en camino, contesto Moraga haciendo partir el antiguo Lada rojo que tenía.

Bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, los dos cuerpos se mezclaban a un mismo compás, el arrugado cuerpo con brazos bien formados no perdía momento para acariciar y estimular a la dama. La respiración apasionada atrapaba al hombre cada segundo y la frotación sé hacia más veloz. La mujer se empieza agitar con más rapidez y logra llegar a su clímax, el hombre con una sonrisa animal acaba con el mismo acto.

No se despegaron, aprovechando de juntar sus latidos. De pronto sonó el celular y al contestar:

- Oye como te fue con la carpeta, yo estoy disfrutando de lo mejor así que llegare en unas dos horas más a casa. Manifestó don Ignacio y continuo diciendo – te deje una buena propina en la carpeta así que todo bien.

- Muchas gracias don Ignacio, todo de maravilla. Contesto Moraga con una sonrisa en su cara.

Al colgar doña Luisa le pregunta al garza – que te dijo.

- Que no volvía por lo menos en dos horas más, así que tenemos tiempo de sobra.

Por Pluma Negra

Thursday, June 15, 2006

Las Cuatro Horas

Eran las diez de la mañana cuando partió desde la estación de metro las Rejas. Estaba cansado, había logrado dormir sólo cuatro horas y le tocaba trabajar unas 14 horas en adelante.

Logró sentarse y en la próxima estación el carro se llenó. De pronto reconoce a otro garza (termino que identifica a los garzones) se saludan y aprovechó de cerrar los ojos para descansar por un momento.

Algo interrumpe el sueño. Era una señora no tan mayor entre los 40 a 45 años lo miraba fijamente.

Manuel comprendió que la mujer buscaba el comportamiento de gentleman que le diera el asiento. Él garza estaba tan cansado que se negaba dárselo. Pensaba entre si “te creo si estuviera embarazada o si fuera más vieja y por último si fuera un cabro chico”.

Pasaron algunas estaciones, y se hizo imposible el descanso, ahora todos en el carro lo miraban con cierto desprecio.

Se aventuro a desafiar el entorno y con precisión le preguntó a la señora – quiere sentarse.

La vieja con cara de poto, sólo le respondió con un gesto positivo.

Manuel entonces le dijo – pidamelo.

Allí los ocupantes del carro desviaron su mirada y a otros se les salió una pequeña sonrisa. El compañero de rubro extendió su pulgar sumándose a la pequeña victoria y la vieja desapareció entre las sombras de los pasajeros.

Aprovechó de ponerle un ojo al reloj y calculó que alcanzaría a comprar un pan para asegurar algo en el estómago.

Se bajó en la última estación del metro Escuela Militar junto a otros del rubro, el garza flaco que lo acompañaba en el carro mostraba cara de payaso y le dijo – buena la salida, a veces la gente no entiende que trabajamos 14 horas de pie y que mientras todos disfrutan los fin de semanas, nosotros nos dan de azote.

Hay que aclarar que azote es cuando llega haber tanto trabajo que da la impresión que no se puede más y uno queda exhausto.

Manuel lo miró y expresó – si es cierto, además que perdemos toda noción de vida normal, yo hace dos semanas que no veo, ni hablo con mi mujer. Llego a las tres o cuatro de la mañana cuando ella esta durmiendo y salgo a las nueve para llegar a tiempo al trabajo y ella ya se fue.

- Es inhumano – dijo Rodrigo, fumándose un cigarro esperando un auto. – Pero con tal que con esa ausencia no te ponga los cuernos, te imaginas llegas un día y hay otro gueon en la cama.

- No, no pasa nada mi mujer se queda hasta tarde con una vecina – afirmó Manuel con confianza.

- Demás... yo por lo menos no tengo mina hasta nuevo aviso, porque no estoy en esa todavía quiero seguir leseando.

Llegaron en colectivo al complejo gastronómico, conocido como Borde Río. Allí estaba la fuente de trabajo de muchos y el servicio a disposición de la clase más acomodada de Chile.

Manuel entró por la parte trasera del restaurante italiano, el administrador con cara de tener sueño, lo saludó atentamente. Comenzó con sus compañeros a limpiar el local, tenían una hora para dejarlo impeque, luego a cambiarse y estar listo para recibir a los clientes.

En los camarines, los codazos y empujones se multiplicaban mientras todos intentaban con rapidez estar listos para comer.

Manuel reflexionaba los días que le faltaban para tener libre, sólo quedan tres. Lo lamentable que ese día apenas descansaba mentalizando que le tocará otra semana más que soportar.

Pero como todo trabajo se transforma en rutina por muy pesado que sea, uno se acostumbra, los días pueden pasar volando y uno no sabe si es martes o miércoles incluso sábado. En casa la familia lo echa de menos y pueden pasar meses sin verse, la única marca existencial es la famosa camisa que tiene que estar lavada y planchada todos los días y la taza o plato desayuno que queda como una fotografía marcada en la misma posición todas las mañanas.

Un día domingo, el administrador decide mandar para la casa a la mitad del personal ya que, estaba claro que en la noche tendríamos las tres pirujas mesas habituales en el salón.

En cinco minutos se organizó los primeros beneficiados en irse, a los que se quedaban les tocaría la próxima semana. Así fue como tres garzas y tres parrilleros (cocineros), hicieron una parada en la botillería de Luis Pasteur y con la cerveza en mano esperábamos la micro.

La felicidad invadía nuestras caras y uno de los parrillas propuso ir a tomar al Bellavista, todos con muchas ganas partieron y entre tragos se perdieron por cuatro horas, llegaron las nueve y media cuando Manuel se despidió y se fue a casa con buen animó.

Al entrar notó un sonido raro que provenía de la pieza. Puso mejor oreja y escuchó con claridad los gemidos de su mujer, no lo podía creer estaba con otro, se dirigió con rapidez y encontró a su mujer cubierta por las sabanas mientras visualizaba una cabeza entre sus piernas. Destapó los cuerpos y pegó el grito. – Que es esta guea!!!.

Pero allí se quedó paralizado mientras veía a la vecina que gozaba de su mujer.

Por Pluma Negra